¡Atención!
----------------------------------------------------------------------------------
viernes, 10 de diciembre de 2010
La Escuela que enseña a Vivir
Es verdad que hubiera preferido dar este discurso en el Gimnasio, frente a todos los 5ºs del Turno Mañana, pero por otro lado es casi simbólico estar acá en el Salón de Actos, donde hace poco menos de 5 años me dijeron “los demás son de la 5ª” y empezó este viaje. Parece propio terminarlo acá.
Tuve mucho tiempo para pensar en lo que voy a decir. Más que nada porque lo pensé antes de que me lo pidieran. No fue para mi un ejercicio muy complicado pensar en el Pelle como parte de mis días.
No estuve contento siempre, no se lo vayan a creer. Tampoco voy a decir ingenuamente que nos queremos todos, porque es mentira. Pero si es verdad que fueron experiencias fuertes y profundas.
Veo a mis años de escuela como un viaje, que tiene que ser visto no como medio para llegar a un destino, sino como experiencia para realizar. Y más allá del futuro que nos espera a todos, no creo que todo esto haya sido solo una preparación, una formación para tal. Fue vida, no un prologo para la vida. Y fueron los mejores años de mi corta vida…al menos por ahora.
El Pelle es como un club donde, por algún motivo, a los administradores se les ocurrió dar clase y les salió bien. Es así. El verdadero y máximo exponente de éste colegio es esa sensación de espacio de pertenencia. Esto lo veo en que en 5 años no me faltó un momento con nadie de los presentes. Esa es la maravilla de este espacio.
No hubo límite para que pudiera, aunque con algunos más que con otros, sentarme al lado de ustedes y hablar, compartir. Si bien no a todos nos gustan las mismas cosas, estaban las oportunidades y los espacios para que pudiera encontrar a quien le gustaba lo mismo que a mí, buscaba lo mismo que yo.
Es muy difícil estar solo acá adentro, (Hay que llegar muy temprano). No le falta a cada uno su grupo, su compañero o compañeros. A uno por ser uno no le cuesta más trabajo encontrarse en el otro, el colegio te lo facilita. Y entre tantos y tan variados otros.
Me encontré entrando al Pelle con una comunidad abierta y viva. Y hoy me encuentro a mí como parte del Pelle, y al Pelle como parte de mí. De eso se trató todo esto, creo yo. De crecer. Eso fue lo que hice, hicimos acá durante estos años., entre todos. Nos convertimos en seres más maduros, más completos, más fuertes. Quizás también más marcados, más formados, más pulidos, ¿se entiende?
Pero ese crecer no fue una mera consecuencia del paso del tiempo, fue la consecuencia de haber vivido, de haber compartido junto a todos ustedes y a tantos más que por cuestiones organizativas no estarán presentes. Nos hicimos crecer juntos, porque hicimos el camino adolescente juntos, el camino del Pelle. Si bien somos mucho más que eso, somos lo que somos por esto. Esto no es solo el espacio físico, es la gente. La maravillosa gente y las relaciones, encuentros, espacios que se formaron entre nosotros.
Por un punto se atraviesan infinitas rectas, que están compuestas a su vez por infinitos puntos. A cada uno de nosotros nos han atravesado experiencias, y nosotros mismos, cada uno, fue formando a los demás. Ahora cada uno tiene en sí el resultado de haber reído, haber llorado, haber escuchado, haber querido, haber amado, haber mirado y sentido a alguno más.
Ya no soy hijo único
jueves, 1 de abril de 2010
El Precio
No hubo momento en el medio, simplemente dio esos pasos hacia delante y se fundió en mí. Unidos como un solo ser, podía sentir sus labios suaves apretando contra los míos, compartiendo la humedad de lengua a lengua, en un instante inmóvil y luego comenzaba el movimiento, involuntario, de tratar de masticar esa fruta y sentir el vacío del aire yendo de una boca a la otra. Mis ojos se cerraron, no recuerdo cuando, fue involuntario. Sus manos, ásperas de por si y con la arena y el polvo del ambiente se pasaban por mi cintura. Estaba hecho. Lo había hecho. Nada sería igual.
No fue una semana antes cuando llegamos al desierto. Cruzar las montañas fue un viaje importante, para no perder el ritmo, caminamos de noche, así que perdí la cuenta de los días que pasaron. Cuantos eran o cuales eran. No sabía si ya era otoño o seguíamos en verano. El clima no ayudaba. Del otro lado de las montañas, cerca del bosque, la selva, las plantas y el río ayudan a saber que estación es. Es el agua. En el desierto no hay agua, prácticamente no llueve porque las montañas se quedan con la lluvia, se la dan al río. Tan seco, no se sabe que temperatura hay, o que época es.
Fede encontró una cueva del otro lado. No era muy grande, pero podíamos esconder las armas y las provisiones. Nosotros tendríamos que subsistir en carpas. No sería un problema, ya no éramos muchos, ese sí era un problema. Desde el ataque al fuerte habíamos perdido a la mitad del batallón. Fue un ataque estratégico, pensaba Victor, porque no había una razón práctica para atacarnos en esa posición. Entonces supo que ellos sabían quienes éramos y que podíamos hacer. Yo no lo supe hasta el final.
Ordenó levantar campamento ese día y seguimos adelante. Algunos pensaban que nos íbamos a entregar. Éramos menos, tenía sentido. Pero no, Victor nunca se rendía. Otros pensaron que íbamos a volver hacia el comando central, la base principal, para reagruparnos. Pero no, Victor quería seguir adelante hasta el fuerte en la frontera.
Victor sabía que había algo importante en ese fuerte y nos insistió en seguir hasta ahí. Tratamos de convencerlo de que no era factible, que lo mejor era volver. Fede trató de decírselo claro y firme. Pero todos sabemos como es Victor, a la primera critica ya se vuelve un poco loco. Nosotros lo soportamos, decimos “Y bueno, es Victor, está loco, no importa”. No le damos importancia a todo lo que dice, solo lo que nos conviene y así sigue siendo nuestro líder. Es un buen líder, al fin y al cabo.
Al principio, naturalmente, no quisimos hacerle caso cuando dijo de seguir adelante. Nos reímos un poco algunos cuantos. No lo pudo soportar, entró en gritos contra todos. Traté yo misma de calmarlo y de convencerlo de que nos deje en paz, pero no pude. No lo quería escuchar, hay veces que no lo soporto. Entonces fue Fede a hablar con Victor, en privado. Me acuerdo que pensé, “ya está, si el va, todo va a estar bien”. Confiaba mucho en él. Pero no salió como esperaba.
Victor y él hablaron toda la noche al lado del lago. Nosotros, desde el claro, comiendo alrededor del fogón, podíamos escuchar los arranques de rabia de Victor de vez en cuando, pero no entendíamos lo que decían. Fue una gran sorpresa cuando bajaron los dos y no fue Victor, sino Fede mismo quien nos dijo que lo mejor era seguir adelante hasta a la frontera. Ahí no cabía duda. A nadie le gustaba la idea, pero si la decía Fede, debía ser por una buena razón.
No supe que fue exactamente lo que le dijo Victor, pero debía ser importante. Supe que otros le preguntaron, tanto a Fede como a Victor, qué era lo que habían hablado esa noche. No cruzaban más de unas pocas líneas antes de que sus rostros se llenaran de una sonrisa muda y siguieran su paso hacia delante. Más firme entonces, más convencidos, sin dudas. Por supuesto, hubo quienes siempre dudaron de Victor, aún cuando hubiera sido Fede el que concordó. Yo no era una de esas, pero María sí.
Debe ser por esas casualidades de la vida. No creo, creo que María busco y deseó tanto una razón para demostrar que Victor estaba equivocado que hasta estaba contenta cuando la encontró. No se por qué estaba tan contenta. Parecía que le importaba más tener razón a seguir viva o a ver el triunfo de la Revolución. Tarada.
Victor, al escuchar las noticias de María, parecía reducido a su infancia más triste. Parecía un niño al que su padre había castigado por romper un jarrón. “Los militares nos siguen”, dijo María. No tuvo que decir nada más, Victor pudo hacer solo todo el cálculo mental. Sabía los riesgos de marchar a la frontera, pero con su clásica arrogancia, pensó que no le tocarían a él. Sabía entonces que estábamos atrapados. Si los militares nos seguían no íbamos a escapar de ellos atravesando el desierto, sin lugar donde ocultarnos. Lo sabía, pero María se lo dijo de todos modos, solo para mortificarlo. Yo la miré mientras lo decía y le pedí que se callara. Tenía razón sus palabras, pero no estaban ayudando.
Creí, creíamos, apostábamos a que Victor iba a perder el juicio e iba a empezar a gritar y patalear como el loco desesperado que era. Pero no fue así. Se sumió en la culpa. Se quedó en el fondo de la cueva todo el día, en silencio. Si alguno se acercaba, el miraba perdidamente hacia el fondo, indiferente. Creíamos que trataba de llamar la atención, esperando que alguien lo consolara. Por eso no fuimos a consolarlo, no le teníamos ese respeto. Ya no.
Caída la noche Victor salió del fondo de la cueva. Nos llamó a mí, a Fede y a un par más. A María también pero no quiso ir, por supuesto. Después alguien le contó. Victor no cambió su expresión en ningún momento. Tendió una mesa y nos hizo sentarnos. Sirvió el humus ese asqueroso que teníamos como alimento básico y nos dio de cenar. Todos sabíamos que estaba por hacer o decir algo, pero no dijimos nada. Teníamos curiosidad de ver que tontería o locura haría esta vez, para luego burlarnos. “Me voy a entregar”.
Hubo una risa de fondo, leve. No fue en serio esa risa, fue solo para hacerlo enojar. Era divertido hacerlo enojar y el que rió sabía que rompiendo el ambiente lo lograría. A Victor no le importó y siguió hablando. “Si los enfrentamos vamos a perder, pero si les damos un general, para que le corten la lengua, lo degüellen y lo lleven a sus cuarteles como trofeo, van a dejar al escuadrón tranquilo. Ya a pasado antes” dijo.
No le dimos la importancia que quería que le diéramos, algunos hasta siguieron comiendo y pensábamos que era otra vez en que se estaba poniendo en víctima para reformar sus errores. Algún otro, que no hubiera hablado con María también habrá pensado que estaba exagerando. Los que hablamos con María sabíamos que estábamos al borde de la muerte.
De cualquier modo, Victor siguió describiendo como debía sacrificarse por el equipo. Escribió unas notas sobre lo que teníamos que hacer sin él y dijo que no las leyéramos hasta que él se fuera. En otra ocasión lo habríamos detenido, pero ya estábamos tan hartos de él que ni nos molestamos. “Si quiere matarse, que se mate”, pensábamos.
Entonces dijo que uno de nosotros tendría que entregarlo, por que de otro modo sería muy sospechoso. Ahí todo el mundo se detuvo. Estaba hablando en serio, no era otra de sus locuras. De verdad quería que alguien se arriesgara a hablar con los militares para matarlo, de verdad quería morir. En ese momento lo empezamos a escuchar con atención.
Y llegó el día. Recuerdo que durante la tarde había pensado que debía extrañar a Victor, pero no podía lograr extrañarlo. Lo intenté, pero nunca le tuve verdadero cariño o respeto. Estaba haciendo un trámite ese día, una misión más. Es más, estaba emocionada. Una vez terminada la misión, Fede iba a ser el líder. Victor aceptó de muy mala gana ese traspaso. Nunca se llevaron bien. Victor le tenía celos porque podía dirigir el grupo mejor de que él, que si era el líder. Y era verdad, todos queríamos más a Fede. Para María fue un doble alivio, no solo Victor iba a desaparecer, sino que iba a ser sucedido por alguien a quien él odiaba.
Caminé nerviosa, temerosa de que los militares se retractaran en cualquier momento. Fue una negociación dura, dejaron vivir a todos, sin preguntar donde estábamos, a cambio de Victor. Se ve que ellos no sabían el valor de ese hombre, ni nuestro poder. Tuve esa horrible sensación de estar a punto de lograr algo. Tan cerca y tan lejos. Y finalmente llegué.
El punto de encuentro en la montaña. Iluminados por el fuego y la luna llena. Victor me miró fingiendo cara de sorprendido. Es increíble que los militares le hayan creído esa cara. Creo que hasta estaba entusiasmado por saber que le iba a dar un beso, en la mejilla. No me quejé de eso. Me dijo “Y para que los milicos sepan quien soy, deciles que me vas a dar un beso, aunque sea en la mejilla”. En lugar de mandarlo a la mierda con cara de asco, pensé por un momento en que el pobre hombre iba a morir por nosotros y no me molestó.
Ya estaba todo hecho. Me acerqué sola al resto del grupo. Los militares esperaban detrás, ocultos. Solo tenía que acercarme a Victor y todo terminaría, estaríamos fuera de peligro, mejor. Su plan, fuera el que fuese, iba a realizarse de la mano del mejor líder de todos, Fede. Fede estaba ahí. Me miró con sus ojos fijos.
“No lo hagas”, pensé “No sigas”. Supe lo que intentaba hacer desde el momento que dio el primer paso. Victor también lo supo y entonces puso una verdadera cara de sorprendido. No le dio la cabeza para entender semejante acto de humildad y no lo detuvo. Pero yo tampoco lo detuve. Me sentí egoísta al principio, por pensar que me dejé llevar por el deseo. Pero luego entendí que lo hice por que confiaba en Fede. No me gustaba la idea, pero si Fede la hacía, debía ser por una buena razón.
María cayó al suelo en un llanto terrible. Confundida y desesperada, convenció a los militares de que se estaban llevando a nuestro líder. Odió a Victor más que nunca esa noche, por que no entendió lo que pasó. Pero no puedo hacer nada.
Yo también lloré, sentí que mi corazón dejada de latir. Como una fuerza vacía y negra se expandía en su lugar por mi pecho. Pero al ver el rostro de Fede alejarse entre las sobras, sonriéndome, supe que no podía estar pasando algo malo.
Victor lloró cuando se lo llevaron, se arrodilló en el suelo. Puede que fuera la culpa que lo había azotado esa noche en la cueva que volvía por Fede. Pero creo que fue el amor, Victor nunca se sintió tan querido por alguien del batallón como ese día que Fede se sacrificó por él.
Cuando llegamos al fuerte en la frontera, semanas después, todo era diferente. Victor habló con el general un largo rato, tranquilo. Le comentó su plan y le entregó nuestras armas. El general salió de esa reunión con una expresión extraña en la cara, de aquellos que tratan de descifrar un rompecabezas. No le fue fácil entender como los disparates de Victor fueran tan inteligentes. Recuerdo que me dijo “es un loco, un genio loco”. Después de todo, fue un ataque estratégico. Fue una victoria estratégica que nos hizo triunfar.
Nadie tomó a Victor por loco otra vez. No volvió a tener esos arranques de gritos y pataleos para explicar sus ideas. Se había sensibilizado, era más líder que nunca. En cuanto empezó a ser mejor líder, nosotros empezamos a tratarlo mejor. Lo tratamos como un comandante preparado. Nunca habíamos hecho eso con él, salvo por Fede. Una vez le pregunté a Fede por qué trataba tan bien a Victor siendo tan loco y me contestó:
“Es que ser loco es la cualidad más linda de un revolucionario”
domingo, 14 de febrero de 2010
El Amor Keynesiano
Los individuos componentes de un grupo social interactúan entre si compartiendo cierta cantidad de tiempo en ritmos regulares, estableciendo relaciones mutuales. Por lo general el tiempo que comparten y por ende la calidad de la relación, como se explica abajo, está determinada por los grupos tradicionales previamente organizados de acuerdo a una necesidad o actividad: compañeros de trabajo, de oficina, de aula, etc.
Este tipo de interacciones se dan ya que un individuo respecto a otro genera sentimientos ya sean positivos (afianzamiento) o negativos (rechazo) en mayor o menor medida. Pero a su vez, estos sentimientos son producto directamente proporcional del tiempo compartido y de los aspectos o cualidades de personalidad que los individuos compartan. Estas cualidades tienen valor en cuantos se descubren, de modo que dependen del conocimiento mutuo. Éste, por supuesto, requiere tiempo para producirse.
De modo que una relación entre dos individuos de un grupo social está condicionado principalmente por aquellos factores profundamente relacionados: el tiempo compartido (rutina), los aspectos en común (gustos, preferencias, etc.), el conocimiento mutuo y el afecto/rechazo (sentimiento).
Una vez que se definen éstos aspectos, se define la calidad de la relación que es fácilmente reconocible y popularmente etiquetada (Amigo, conocido, mejor amigo, colega, etc.). A esta altura es momento de resaltar la importancia de la orientación sexual de los individuos, que se puede definir a gran escala de acuerdo al género y a que otro género prefiere. Esta aclaración es importante para definir una especia de relación destacable.
La llamada relación romántica se produce cuando dos individuos, de orientación sexual compatible y estableciendo una relación, comparten un afecto (definido según las demás variables) superior al de las demás relaciones regulares. Así, el afecto es demostrado por medios que en otra relación serían inapropiados o, en todo caso, carentes del mismo significado. Estos medios varían de acuerdo a la pareja pero tienden a ser una emulación o derivado de las practicas sexuales, si no es que son éstas mismas (beso francés, coito, practica sin penetración, etc.); o bien los medios tradicionales de demostración de afecto (beso tradicional, abrazo, etc.).
Aunque se ha definido a la relación romántica como una relación compartida entre dos individuos, este nivel de afecto puede ser conocido por un solo individuo sin necesidad de reciprocidad, en lo que se conoce como amor platónico o no-correspondido.
Recientes estudios, sin embargo, han descubierto que la relación romántica puede ser ilusoria en varias ocasiones, de modo de que en realidad no se respeta el mencionado equilibrio o reciprocidad. Repasando, para establecerse una relación romántica es menester que haya dos sujetos que tengan un afecto mutuo y considerable. Por la naturaleza imprecisa y espontánea de los individuos es natural que se den ocasiones en que el afecto que siente un individuo no es igual al que siente el otro.
Si se entiende que cada individuo en una relación aporta (ofrece) afecto/cariño hacia el otro y recibe (demanda) del otro lo mismo, solo en equilibrio ambas pares serían iguales. Pero existen relaciones en que las ofertas y demandas son desiguales entre si, sin salir del cuadro de la relación romántica.
Plantéese dos sujetos, A y B, que están en una relación romántica. A demanda menos afecto de B que lo que B demanda de A, por tanto, la demanda de A es menor que la de B. Ahora bien, la Oferta de B está condicionada por su demanda, puesto que para saciar su demanda el individuo estará dispuesto a entregar tanto como pueda (para mantener la relación). Pero la oferta de A, que será menor a la de B será completamente absorbida por B que nunca será capaz de saciar su demanda. Así, la oferta resulta irrelevante y lo que termina condicionando a la relación es la demanda de afecto.
El brazo corto de la demanda de A resulta en que B se encuentra en sumisión respecto a A. Al descartar todo el excedente de afecto, A es quien pone las condiciones en la relación y por lo tanto el que tiene poder sobre el otro. El que demanda menos afecto tiene poder en la relación.
Se explica esto en un ejemplo: Suponiendo que ambos partícipes estén en optimas condiciones para realizar encuentros (no tienen ningún contratiempo especifico, está completamente disponibles), los encuentros/salidas que proponga B serán siempre más que los que proponga A, por su mayor demanda. A, al tener menor demanda, aceptará o rechazará esos encuentros, pero al momento de proponer, B aceptará todas opciones de A para intentar saciar su demanda. El resultado es que A termina decidiendo cuales encuentros se realizan y cuales no.
Es importante resaltar el peligro de este tipo de relaciones románticas, donde se llega a una situación de explotación sin saberlo (y si es que lo saben, es entonces cínico). Los individuos que se encuentran en la situación de desventaja deben tomar conciencia de esto antes de comenzar a sacrificar su dignidad, lo cual es ciertamente posible. Si bien la satisfacción de la relación romántica es inigualable, en este estado solo puede conllevar a un estado de ánimo pésimo, el equivalente emocional a la bancarota.
Estas relaciones terminan, tarde o temprano, cuando el sujeto opresor decide que no necesita más del oprimido. Pero si se conoce la realidad tal como es y se actúa adecuadamente, se puede cambiar el panorama a favor de los oprimidos.
¡Amantes del Mundo, Unidos!
(El cuento anterior está dedicado a las chicas de mi vida que me hicieron sentir insignificante y trasendental al mismo tiempo. Felíz día de los enamorados)
lunes, 25 de enero de 2010
Cosas que pasan, a veces
(Este cuento se lo dedico a la Ciudad de Buenos Aires y a sus curiosos habitantes)
Odio ir al dentista. Es una tortura tras otra. Son como 5 torturas, pero quizás sean más, en orden: Levantarse muy temprano, por los intrínsecos turnos que tienen esos burócratas que se hacen pasar por médicos; después, esperar el micro que tarda en llegar a la estación el doble de lo que tarda en llegar a destino (por lo general, esperar en invierno, cuando los abrigos nunca son suficientes y menos aún cuando se espera mojado), luego el viaje parado y apretado por tanta gente en una postura incomoda hasta para respirar y finalmente la tortura en si misma del taladreo del quien tranquilamente podría ser un militar retirado penetrando en los maxilares.
Es una desgracia. El día del dentista es un día menos en la vida. Al menos eso quisiera, que fuera un día menos. Pero hay que vivir ese día, hay que soportarlo. El único consuelo es saber que, al fin y al cavo, va a terminar. Y que, también por sus intrínsecos horarios, faltará mucho para el próximo encuentro. Aún así queda afrontar 3 de las 5 torturas en el viaje de vuelta.
Por suerte ya salí del antro, ya soy relativamente libre. Ahora, a esperar. Hace frio. La fila para el micro tiene al menos 5 personas frente a mí. Aún así, luego de 20 minutos llega el transporte; lleno, por supuesto, pero eso no me impide subir. La masa de gente me empuja contra el costado izquierdo del vehiculo. Trato de mantenerme en pie y miro a mi alrededor.
La gente a mi alrededor. No son necesariamente malas personas. Estoy seguro de que deben estarla pasando tanto o aún peor que yo. Aún así, se que si los molestara de alguna manera o si necesitara su ayuda no pensarían lo mismo de mi. No me ven como un igual, aunque lo soy, todos lo somos. No se dan cuenta de que sufro como ellos, simplemente cada uno busca su propia satisfacción. Me dan casi asco, no tiene expresión en el rostro, ni sacan palabra de las bocas. Es como estar encerrado con autómatas.
Una señora, gorda y vieja se levanta frente a mí. Como cualquier otro me dispongo a sentarme en su desocupado lugar como si siempre lo hubiera merecido. Empuja con su pesado cuerpo hacia delante y solo después grita: “¡Permiso!”. No se como ni porqué, pero logro sentarme. Nunca es una victoria completa, no puede ser un asiento cómodo. Es casi un complot, si yo logro sentarme en este asiento es porque no es cómodo. Además, es uno de esos ridículos asientos que miran hacia atrás. Pero no me puedo quejar (no hay con quien, además) después de todo, estoy sentado.
Y al lado hay una ventana. Entiendo ahora que el propósito de la ventana no es admirar el bellos paisaje como creía de chico, no existe tal cosa en esta ciudad. El propósito es que las personas sentadas sepan antes cuando bajarse y cedan su lugar. Aún así, miro por la ventana para tratar de escaparme del panorama gris y serio de la gente que tengo al lado.
Para colmo, del otro lado de la ventana hay otro vehículo igual al mío, donde todos tiene la misma expresión que acá. Hay una vieja, un hombre, otro hombre, un hombre más grande, una chica. Todos miran para adelante. Y yo los miro a ellos. Todos tiene la misma mirada perdida de “No se para donde mirar y no me interesa”. Los rastreo con la mirada uno por uno. Al final, me quedo mirando igual que todos.
Hay algo raro. Esa chica está mirando al frente también. Puede ser una mirada perdida como tantas otras, pero se dirige a mí. No hago nada, solo sigo mirando. Pero ella persiste ¿acaso sabe que la miro? ¿acaso…le importa? No puedo estar seguro, no se que hacer. Mejor aparto la vista, por un momento. Solo un segundo después, vuelvo a mirar al mismo lugar.
Ella hizo lo mismo y ahora está mirándome. Estoy seguro de que me está mirando. Y yo la estoy mirando y no cambia la mirada. Me está mirando porque la estoy mirando. De golpe todo es distinto. Me siento bien. No puedo evitar sonreír. Ella también sonríe. Es cierto, me está mirando. Es lindo, ella es linda. Me acerco a la ventana y ella sigue ahí. Ahora está casi riendo.
El semáforo cambia a verde. Claro, lo que había pasado es que estábamos detenidos y no podíamos avanzar. Por eso la pude ver. Que experiencia fantástica. No se porque ocurrió, no hice nada, no pedí nada, no me esforcé, simplemente sucedió. Ahora que pasó, lo puedo pensar. ¿Qué pasó? Era una chica linda, era una pasajera. Todos los pasajeros somos iguales. Simplemente me miró porque estaba del otro lado, como yo hice lo mismo. Pero mil veces había viajado y nunca me había pasado algo así. ¿Cuáles son las chances?
Y ahora lo sé. Se que ya pasó. Se que terminó. Hay muy pocas posibilidades de volver a verla. Es más, estoy seguro de que no la voy a volver a ver. Pero la sigo viendo. Sigue acá. Esta acá. Ahora va a estar siempre en mi memoria. Es genial. Es buenísimo. ¡Qué bueno que fui al dentista!
jueves, 31 de diciembre de 2009
Casandra y Eli
(Esta, la última entrada del año, se la dedico a todas mis amigas cristianas, que son pocas pero valiosas)
Casandra caminaba tranquila por las calles de la ciudad. No había ningún apuro, en principio. Todo parecía normal y entonces la vio. Había una iglesia enfrente de ella. No supo entonces si había llegado a la iglesia o si la iglesia, simplemente, había aparecido en su camino. De todos modos, no entró.
Casandra no tenía un particular aprecio por las iglesias, sinagogas, templos o mezquitas. Si estaba segura de algo, era que no había nada más equivocado que aquello que se llama religión. Veía a sus seguidores dogmáticos, cerrados en sus ideas y no podía evitar desesperarse. Sentía desprecio incluso, y sabía que ellos también la despreciaban.
Recordó entonces un chiste, una pequeña frase que resumía todo lo que pensó en ese instante que pasó frente a la iglesia, y lo dijo fuerte y claro:
“La única iglesia que ilumina es la que arde”
Casandra cayó en la cuenta, pocos metros más adelante que había un fuerte olor a humo. En el suelo, el gas se estaba acumulando, ya no podía ver sus pies. El humo se volvía niebla mientras avanzaba, mientras huía. La niebla se volvió bruma y Casandra se perdió. Después de deambular un poco, con los ojos y la boca tapada, el humo se disipó y ante ella se encontraba una figura extraña, un misterioso hombre de negro.
-Casandra, bienvenida, te estaba esperando- dijo el hombre mientras se alejaba el humo.
-¿Quién es usted y dónde estoy?- preguntó tranquila, sin desesperarse, no era la primera vez que afrontaba una situación igual de extraña.
-Siempre tan desconfiada, mi nombre es Eli y estamos acá para discutir algo importante- dijo el hombre, saliendo de las sombras.
- Y supongo que solo después de discutir vas a liberarme.
- En efecto.
- De acuerdo, no estoy en posición de discutir. ¿Qué debemos discutir?
- Casandra, venimos a discutir un dogma que te intriga.
Casandra se sintió extrañada en ese momento. ¿La habría escuchado este extraño ser cuando dijo lo de la iglesia que arde? “De ser así, solo tengo que redimir mis opiniones para ser libre”, pensó. Supo cual era la obvia solución y expresó:
“Dios sí existe”
-¡Casandra!- gritó el misterioso hombre- No estás acá para mentir, tendrás que decir la verdad, en todo momento- concluyó mientras se sonreía.
-De acuerdo, si debo decir la verdad, esta es la verdad. Dios no existe, no puede existir, va en contra de las leyes de la lógica.
-¿Y estas leyes existen?- preguntó sonriente Eli.
- Si, por supuesto.
- ¿Cómo estás tan segura?
- Existen, así es la cosa. Está fuera de cuestionamiento.
- Por supuesto,- Eli se pausó un segundo, rió y se acercó a Casandra- y ese es el dogma que venimos a discutir.
Casandra estaba intrigada por el comentario de su interlocutor. No podía comprenderlo del todo. Las leyes de la lógica, el hecho de que 1+1=2 era para ella absolutamente cierto y sin cuestión. Aunque no existiera la palabra uno o dos o más o igual, seguiría siéndolo de la misma manera.
-Casandra, quiero que entiendas que tu argumento es tan valido como la existencia de Dios, tampoco hay forma de demostrarlo. Estás tan ciega como todos.
-No, mi niego a pensar así- respondió un tanto nerviosa. Además, hay forma de demostrarlo. Creo y no me equivoco al pensar que cualquier otro dogma y no solo la existencia de Dios están basados en las leyes mismas de la lógica y el razonamiento.
-¿Estás completamente segura que no temes equivocarte?
-Por supuesto- respondió más tranquila.
- De acuerdo, ¿como es eso posible?
Casandra se detuvo un momento a pensar. “¿Cómo es eso posible?”. Debía haber una forma de probarlo, una forma lógica y racional. Trató intensamente de recordar algo, mientras Eli la miraba contento, certero de su error. No podía tolerar esa expresión en su rostro, pero no podía pensar en una respuesta.
-Casandra, no tengo todo el día.
-¡Ya lo tengo!- respondió contenta- por que nadie puede generar una idea que no pertenezca al mundo real de forma directa o indirecta.
-Uhm…Eh
-¡Y tengo ejemplos!-interrumpió Casandra- No se puede imaginar un 4º color primario, o una 7ª vocal o una 4ª dimensión en el espacio. ¿O caso usted si puede, Eli?
- Pero Casandra- respondió retórico- esos no son ejemplos de nada, así no funciona la lógica. Mi Dios podría ser la excepción a tu preciosa regla.
Casandra se quedó atónita. Lo que este hombre decía era verdad, su argumento no podía ser comprobado. Y si ese argumento sobre la generación de ideas de la nada podía ser falso, no había forma de demostrar su primer argumento sobre la lógica y la razón por sobre todas las dogmas. No lo podía creer. No estaba segura de nada aún.
-Casandra, conocerás
-Deja de decir mi nombre- dijo Casandra un tanto enojada. Se sentía humillada por este hombre, ya no sabía que era verdad y que no, pero de todos modos- Si, la conozco.
- Es la forma lógica de demostrar que Dios no existe, ¿no es así?
- Dice que si existe un ser omnipotente que puede crear todo tipo de rocas sin importar su tamaño, puede crear una que sea tan grande que ni él mismo podría levantarla. Pero entonces no sería omnipotente ya que le faltaría el poder de levantar toda piedra no importa cuan grande sea, aunque de tener aquel poder, no podría tener el poder de crear una piedra tan grande como se quiera…
- Si, si, ya lo conozco. A lo que quiero llegar es que, como has dicho, si las demás dogmas no pueden ser comprendidas sin las leyes de la lógica y la razón…
- No podría haber religiosos que conozcan esa paradoja- lo interrumpió.
-Si, exacto Casandra, y por favor no me interrumpas- dijo irónico.
-No digas más mi nombre, empieza a molestarme- respondió seria.
-De acuerdo, solo quiero que comprendas, que el Cristianismo, el Islam, el Judaísmo de tus abuelos y tantas otras religiones siguen existiendo y sabrás bien que la paradoja del omnipotente es muy popular.
-Pero la religión es impuesta, no es elegida.
-¿Ah si?, ¿Nunca escuchaste hablar de aquellos ateos que eligen creer? Estás conciente de su existencia, lo sé. Además, ¿Cómo es que te convertiste en atea, de todos modos?
-Supongo que por las enseñanzas de mis- Antes de que Casandra dijera “Padres”, ya se había percatado de su error.
-Como tantos otros religiosos que conoces, ¿no es así?
-Entonces, ¿Qué es verdad y que no lo es?- Dijo Casandra luego de un incómodo silencio.
- En cierto punto, cada uno elige que verdad seguir. De la misma manera que elegiste ser atea, otros eligieron creer en Dios.
- ¿Puede alguien que acepta las dos posturas entender cual es la verdadera?
- ¿Puede alguien aceptar las dos posturas?
- No, claro- Pensó Casandra- No importa como sean las demás dogmas, para ser distintas a la lógica tienen que violar alguno de sus elementos, y la lógica no puede coexistir con algo que la viola.
- Exacto. No se puede probar que las demás ideas están equivocadas usando métodos que van más allá de las mismas.
- Ahora entiendo.
Casandra se sonrió luego de un largo rato. El humo se había esfumado y ya se podía ver la luz. Miró feliz a Eli, agradecida por el conocimiento que habían compartido. Eli, le mostró la salida. Podría decir que, para su sorpresa, estaban en la entrada de la iglesia, pero la verdad no le sorprendía. Ya se habían despedido, pero Eli la llamó:
-¡Casandra, espera!
-¿Qué pasa?- le contestó al darse vuelta.
-Seguirás eligiendo el camino de siempre, ¿no?
- Por supuesto, pero ahora se por qué,- Se rió un poco- o no.
-Excelente,- dijo también sonriendo- recuerda lo que aprendiste, y en adelante tené un poco más de respeto por los que no piensan igual. Además, no todos los religiosos son iguales.
Casandra admiró la entrada de la catedral donde se paraba Eli. Supo entonces cual era la mejor respuesta:
jueves, 30 de julio de 2009
El Siglo Nuevo
Como varias ciudades costeras habían desaparecido por el acercamiento de las costas, las grandes poblaciones urbanas se habían concentrado en una sola megalópolis, Furiópolis. Cuando llegaron los días más críticos, las Naciones Unidas solicitaron la aplicación de un Plan “B” para la humanidad. El plan era enviar una tripulación voluntaria al espacio en busca de mundos habitables, y así empieza esta historia.
John Farrokh era un navegante. En un planeta cubierto casi enteramente por agua, saber manejar una nave era esencial. Destacaba en sus habilidades, se sabía que había rodeado el globo aún al averiarse su computadora, guiándose solo con las estrellas, en solo 80 días.
A pesar de su enorme habilidad, John estaba en una situación económica muy inestable. El mundo estaba cada vez más pobre y para él era muy difícil poder mantener a su esposa y su hijo.
El gobierno era conciente de ambas cosas y le ofrecieron nada menos que dirigir la misión, siendo así el capitán de la nave. Además de una paga bastante generosa, se comprometieron a mantener a toda su familia hasta que regrese.
John lo discutió con su Rosie, su mujer. Ninguno quería separarse, se querían demasiado. John debió convencerla de que era lo mejor para todos, además, solo sería por un año, como máximo. John sabía navegar como un genio, pero no sabía física.
La nave Solm-Rem estaba preparada para viajar a más de una novena parte de la velocidad de la luz y mantenerse en vuelo por más de un año. Para compensar, solo podía albergar a menos de 40 tripulantes y sus sistemas de navegación eran tan deficientes que requerían de los mejores pilotos del mundo. Ni John podría manejarla solo.
De los 40 tripulantes necesarios, solo 20 accedieron a la oportunidad. Todos sabían los riesgos que presentaba lanzarse al espacio, si habían aceptado el trabajo es porque la Tierra no les daba una mejor opción. Finalmente, en Octubre del ’39, Solm-Rem zarpó hacia el cielo azul.
Meses de viaje pasó John recorriendo los mares de la Vía Láctea. En ese tiempo se dio a conocer con su tripulación. No eran hombres cobardes que huían de la Tierra, como él creía. Como él, eran hombres valientes que estaban dispuestos a dejar todo atrás por un bien mayor. Todos menos uno.
Zeta Bommi era un piloto de taxi, cosa que no es fácil en la ciudad enormemente poblada. Era huérfano de padre y hacía unos 8 meses su madre había muerto en un accidente. Un fatídico día, su aeromóvil se arruinó y al no tener trabajo, y por consiguiente tampoco dinero, su novia lo había dejado. Luego de eso, se unió a la tripulación.
Zeta y John debían pilotear juntos la nave y llegaron a ser buenos amigos. Tenían prácticamente la misma edad y los mismos intereses de música y deportes. Antes habían vivido vidas distintas, pero dentro de la nave eso no importaba, tenían su propio mundo ahora, su propia vida para conocerse y ser amigos.
Eran muy parecidos, excepto a la hora de dormir. John soñaba hacia atrás, soñaba con la Tierra, soñaba con Rosie. Ella había prometido escribirle cartas cada mes. Era una costumbre que tenían, John había dicho que, durante los viajes, sus cartas le curaban la soledad y lo acercaban a casa. Claro que por la distancia, solo podría ver las cartas cuando volviera, o cuando soñara.
Zeta soñaba para adelante, soñaba con el mundo que iban a descubrir. Zeta no dejó nada atrás porque no tenía nada que dejar. Nadie lo vio partir, y nadie lo esperaba. En el fondo, no quería volver a la Tierra.
En marzo, la tripulación se maravilló de encontrar, luego de tanto vacío, un lugar en el espacio. Un mundo fresco, lleno de agua, tierra y aire. Se parecía a la Tierra, 100 años antes. Zeta, al verlo, juró que en cuanto pudiera volvería y su amigo John se lo aseguró, dejándolo ser el próximo capitán de Solm-Rem, luego de volver a la Tierra, y a Rosie.
Fijadas las coordenadas, volvieron a la Tierra. Medio año después, se encontraron con un mundo gris, donde las aguas habían crecido aún más. No parecía ya la Tierra que ellos conocían, porque no lo era.
Creían que llegarían en Octubre del ’40, pero seguía siendo el año ’39, de un nuevo siglo. Al viajar tan cerca de la luz, el tiempo se expande para el observador. Ellos eran solo un año más viejos, pero la Tierra había vivido 100.
Ana Farrokh vio llegar a su bisabuelo en la misma nave en que Rosie lo había visto partir. Tenía en su mirada los ojos de su bisabuela, que habían llorado por él. John descubrió que no había nadie esperando por él, ese ya no era su planeta. Ni todas las cartas podían curar eso, solo quizás las manos de Rosie.
Zeta descubrió en la Tierra el mundo de sus sueños. Se fue por una mujer y al volver encontró otra. Ana encontró con su antepasado, sin saberlo al principio, a su futuro esposo. Fue él entonces quien decidió quedarse en su mundo y John quien volvió al espacio a buscar su lugar.
La humanidad por su lado encontró un nuevo hogar en el planeta distante. Un mundo que costó un amor por otro amor y un siglo por 12 meses. Y ahora, John Bommi viaja hacia allá escribiendo esta historia, la historia sobre porque su tatarabuelo y su padre tiene la misma edad. La historia del año ’39.
miércoles, 29 de abril de 2009
1994
Era una cálida mañana de Diciembre y José caminaba por las calles de Madrid, la mayor ciudad del NeoSoviet 1. Iba en camino a su casa en las mansiones rojas, donde vivían los miembros del Partido Grande. José subía por el ascensor, para llegar a su apartamento y en todo el recorrido debía soportar la intimidante imagen del Compañero, con sos grandes ojos negros siguiendo el recorrido, como la Mona Lisa.
Finalmente, José entró a su casa y cerró la puerta. En el acto hizo una pausa. Su conciencia estaba narrando lo hechos mientras el los efectuaba, hasta que llegó a “entro en mi casa”. “mi casa”, repitió aún con la mano en la llave, “¿mi casa?”. En ese momento el Tansivir del comedor comenzó a tocar musía clásica, casi instantáneamente.
José siguió moviéndose normalmente por la casa hasta su cocina, donde retiró de la heladera la botella reglamentaria de leche y se sirvió en su vaso racionado. Pero lejos de su expresión indistinta y de su accionar corriente, dentro tenía una gran inquietud. La inquietud era si esa era realmente su casa.
Si esa era realmente su casa, entonces le pertenecía y por tanto podía hacer con ella lo que quiera. Pero claro que eso no era posible, para eso estaba el Transivir. Si uno hacía algo que fuera en contra de los principios democráticos del Neobolchevismo, estaba condenado a un castigo inimaginable.
Entonces fue cuando José descubrió por primera vez en su vida, que nada le pertenecía. Esa no era su casa donde vivía, ni era su ropa la que usaba, ni su leche la que tomaba (de hecho, posiblemente no fuese siquiera leche), ni era su vida la que estaba viviendo. Era la vida del partido, impuesta a él por el Neobolchevismo o más bien por la obligación de cumplirlo. Ante esto, José hizo acto del principio más importante, Cogiter y trató de ignorar sus propias ideas.
A la mañana siguiente José se levantó temprano como siempre y se dispuso a ir al trabajo, como siempre. José trabajaba en “El Diario”, uno de las cuatro empresas del país junto con “El Hospital” donde se encerraban y torturaban a los delincuentes, “El Mercado”, donde se regulan las raciones de los alimentos y “El Museo” donde se preparaban las estrategias militares.
La labor de José era escribir los artículos de contenido del diario, donde por lo general solo tenía que traducir el discurso semanal del Compañero a alguno de los muchos idiomas de Eurasia. Ese era un trabajo realmente complicado, ya que en el país se hablaban más de 60 lenguas distintas. José mismo hablaba español, el idioma oficial era el esperanto, pero los discursos eran en ruso. Para soportar esta idea se debía aplicar constantemente el Cogiter.
Un militante regular del partido debía realizar el Cogiter al menos 30 veces al día. José ese día debió aplicarlo casi 150 veces. Su trabajo de tener que escuchar los discursos, donde casi toda la información o era tergiversada o simplemente falsa, era un incentivo. Pero lo que realmente le había aumentado la necesidad era lo que había pensado en la entrada de su casa el día anterior. Pero el Cogiter no lo ayudaba a olvidar, todo lo contrario.
Pensaba fuerte “Cogiter…cogiter…cogiter...” y no pudo evitar preguntarse qué era el Cogiter en si mismo, pero el ya lo sabía. Se lo habían enseñado en la escuela, hace ya 40 años. El Cogiter era dejar pasar, ignorar la realidad en si misma, hacer de cuenta que nada pasa. Él creía recordar que había sido un filósofo quien dijo que si uno no piensa en algo, ese algo en cuestión no existe. El partido incentivaba a sus miembros a olvidar lo que consideraban ilógico, no para que desapareciera, si no para que los militantes no lo notaran. O si no…
José miró a su derecha, el Transivir emitía un chillido en el que se distinguía una voz, una voz que le ordenaba: “No se detenga, continúe trabajando Compañero”. José Obedeció y terminó su artículo, firmándolo con las Consignas Supremas del Neobolchevismo:
AMA A TODOS
NADA ES TODO
La hora de trabajar terminó y estaba por empezar la función semanal. Cada semana en El Diario llevaban a los militantes a ver una película de 2 minutos donde se narraba la historia oficial. La historia oficial no era más que un cuento para niños en que un niño de entre las villas miseria (uno distinto cada semana) se enlistaba para pelear en el frente contra el país enemigo y luego volvía a su casa convertido en un orgullosos miembro del Partido Chico.
Cuando la Película era exhibida todos rompían en llanto, porque les recordaba o debía recordarles a su propia historia. Todos nacían en las villas miseria, todos trabajaban duro y todos querían ser del Partido Chico (los más ricos del país). José sabía eso y disfrutaba mucho de ver la película, hasta ese día. El día anterior había comprendido que seguía siendo pobre, porque nada era realmente suyo. Además, había algo que lo distraía durante la película.
Desde el momento en que el proyector comenzó a rodar, sintió un apretón en la mano. Su primera reacción fue Cogiter, pero no podía seguir, ya eso nada significaba. En cambio el apretón en la mano era algo completamente extraño. Sabía que lo atraparían si miraba directo a su mano, entonces trató de ver de reojo.
Pudo distinguir otra mano agarrando la suya. Tuvo una oportunidad, en la escena donde al muchacho lo golpeaba con un palo un soldado Oceánico y todo el público corría la cabeza para no mirar. Puedo camuflar entonces el gesto de mirar a su costado y distinguir una muchacha rubia que se inclinó hacia él. Y en una mínima fracción de segundo, José vio el guiño de ojo que la joven muchacha le estaba otorgando.
José no podía entender lo que estaba ocurriendo, pero no podía hacer nada más que seguir viendo la película y nunca volver a ver a la muchacha. Se fue a su casa, una vez terminada la función e intentó Cogiter hasta que le dio jaqueca, pero no pudo olvidar el rostro de la muchacha, el apretón de manos y el guiño de ojo.
Sabía que estaba perdido, sabía que si estaba pensaba en esta muchacha en lugar de olvidarla, eventualmente cometería un Actuluntad, el crimen supremo: Salirse de la rutina, pensar más allá del Neobolchevismo y/o faltar en el trabajo. Él sabía que lo que había hecho en la puerta de su casa también era un principio de Actuluntad, pero no lo había notado hasta ahora.
José estaba desesperado, no podía sacarse de la cabeza el rostro de la muchacha. Aunque ese guiño no había sido prácticamente nada, solo un instante, pero también invadía todos sus pensamientos. No conseguía pensar en otra cosa.
Sabía que lo mejor que podía hacer era alejarse, así sería menos probable reencontrarse y podría olvidarla tranquilamente. Se entrometió entonces en el tumulto de los militantes saliendo del Diario. Sabía que no debía correr, tenía que pasar desapercibido, solo caminar rápido pero eso era imposible por la cantidad de gente.
Entonces ocurrió el desastre, unos militantes del Partido Chico se habían detenido con sus aeromóviles frente a la salida. El paso se hizo más angosto y la gente se acercó más, demasiado. José sintió otra vez ese tacto delicado pero fuerte en su mano. Sabía que era el final, porque nada en el mundo podía distraerlo o hacerlo olvidar de lo que tenía en frente en ese momento. Nada podía tranquilizarlo, nada excepto una calma voz femenina que decía “No te preocupes, no va a pasar nada”.
Al escuchar estas palabras José dejó de tiritar, ya no sentía miedo, esa voz de fondo lo tranquilizaba, como convenciéndolo de que realmente no iba a pasar nada. Era algo así como el Compañero hablándole a las masas, o al menos como se supone que era tal cosa. José sintió al oír esas palabras emanadas de esa cálida voz, una profunda paz en su vida de huidas y miedo. Estaba realmente sintiendo por primera vez, y le gustaba.
El apretón en las manos se convirtió en un leve tirón. Fue leve porque José no ofreció resistencia. Siguió caminando de la mano de esta muchacha, que lo movía entre las calles de Madrid, evadiendo astutamente los Transivir. Llegaron entonces a la calle Orwell, a pocas cuadras del Hospital.
“Rápido…” dijo la joven. Acto seguido se metieron rápidamente en un apartamento. Allí, la muchacha cerró la puerta y se sentó en el suelo. José se sentó junto a ella.
:-¿Quien eres?- preguntó emocionado José.
:-Me llamo Marina, trabajo en El Diario, con tigo, desde hace mucho. No te había notado antes, pero yo se que eres único. Anda, admítelo, yo también soy única, yo he visto la verdad de este país. No somos nada, no tenemos nada. Mira mi casa, por ejemplo, no es mi casa en realidad, es la casa del Partido.
José cayó por un rato. No podía creer lo que estaba oyendo. Era exactamente lo que él pensaba y lo estaba diciendo con total libertad, sin preocuparse por que la atrapen. Miró entonces hacia el Transivir de la habitación que no parecía emitir ningún sonido.
:-¿Qué pasa? ¿No puedes hablar? ¿Es por ese aparato? Despreocúpate, me las he ingeniado para que no nos moleste, le he conectado un pasa-cassette, lo que se ve del otro lado es a mi cocinando y comiendo por horas y horas. Es mi rutina grabada.
:-¿de veras?- se atrevió a decir José- ¿Cómo lo has logrado? ¡O sea que no os observan!
:-Seguro, lo he puesto hace días y sigo aquí, no me han llevado, así que funciona.
José pensó en preguntarle de donde había conseguido tal cosa o mejor aún, si podía prestársela. Pero le interesaba más hablar de otras cosas.
:-Mi nombre es José Pérez, soy un traductor en El Diario, y he llegado a darme cuenta de todo eso que tú dices. Además de otras cosas que he estado pensando. Por ejemplo, lo de las consignas o el Cogiter. Son medios para mantenernos controlados, nos usan como sus títeres, somos casi esclavos. Y ya no quiero seguir así.
Marina asentía sonriente a todo lo que José decía. Ella realmente creía verdad lo que él decía y mientras más sonreía, más lo creía él. Finalmente la muchacha le dijo: Jamás había conocido a alguien como tú, eres realmente único.
Esa expresión fue un disparador que José no pudo resistir. Estaba embriagado por las sensaciones y sentimientos que le causaba esta muchacha y se fundió sobre ella en un beso. Una cosa llevó a la otra y el beso los llevó a la cama.
José despertó al día siguiente en la cama, con Marina a su lado. Pensó en ella todo el tiempo, mientras la miraba dormir. Ella ahora ocupaba sus pensamientos, supo que la amaba. La amaba como nunca había amado a algo alguien antes, sentía que podría hacer cualquier cosa por ella, que la quería más que a todo.
Marina despertó momentos después, se vistió y lo acompañó a la salida. Entes de abrirle la puerta para permitirle salir le dijo:
:-¿Nos volveremos a ver?
:-Nos vemos mañana en mi casa - contestó sin dudarlo.
:-Mejor veámonos en el trabajo, no podremos faltar al Diario.
Ese día José estaba ansioso, solo quería terminar lo antes posible para salir y poder ver a Marina. Trabajó duro, para terminar la encomienda diaria, pero entonces le dieron aún más. Luego de la película José trató de buscarla entre la multitud, pero no había caso, no estaba.
En los días siguientes José siguió esperándola a la salida, incluso trató de recorrer el camino hacia su casa, cerca del Hospital. Pero no daba como ella, no hasta recién en Enero. El día 22 se encontraron otra vez y los inundó la felicidad.
Fueron de nuevo a la casa de Marina, donde compartieron una noche romántica. Luego José se sintió en la necesidad de decirle que la había extrañado y que no quería volver a separarse de ella tanto tiempo. “No hay otra salida, debemos seguir en El Diario, solo así te podré ver”- le dijo. Entonces José le prometió seguir trabajando, y ella aceptó a volverlo a ver. Luego él se fue, ansioso de volver al trabajo para volverla a ver.
José salió entonces del edificio y notó algo raro. Di una vuelta a la calle y descubrió que del otro lado estaban las escaleras de entrada del Hospital. Se quedó duro por unos instantes pensando. Lo habían atrapado, realmente lo habían descubierto cometiendo Actuluntad y lo llevaron al Hospital. Y había sido Marina.
No estaba enojado. No estaba triste, no se sentía defraudado o traicionado. No podía, algo en él había cambiado. Algo le había hecho. Era lo que había pensado esa mañana, que haría cualquier cosa por ella. No podía sacársela de la cabeza y ahora sabía que era quien lo había manipulado. Aún así, no podía evitarlo, la amaba profundamente.